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domingo, 19 de julio de 2009

Me llamo Hassan y soy el Guardián de la Puerta Negra. Pertenezco a la Orden de los Gohän, Los que Custodian. Somos el ejército mejor preparado, que existe en todo el continente de Rhûn, también conocido como Las Fauces del Dragón. Mi misión es defender la Puerta Negra de todo aquél que ose atravesarla. He nacido para ser su protector y así será hasta el día de mi muerte. ¡Nadie cruzará jamás esta puerta!

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KORKONUT, ASGANTA.
Poco tiempo antes.

Estamos celebrando el compromiso matrimonial de Xhoosen y Takhora, en la taberna La Bota del Gigante. Acabamos de recibir la noticia del propio Xhoosen, el cual, nos había reunido a los cuatro, previamente, en la taberna. Está feliz y emocionado, deseando que llegue el día y que en él, estemos nosotros: sus grandes amigos. Saltamos de alegría. ¡Es una noticia maravillosa!

Nos emborrachamos. Litros y litros de cerveza se vertieron por nuestras gargantas. Acompañamos los brindis con entrañables historias vividas, canciones de antaño y deseos de felicidad y prosperidad para los enamorados. Todo era fantástico. Nadie podía imaginarse que esa misma noche irrumpiría en la taberna una niña ensangrentada. Estaba conmocionada y aterrada. Repetía una y otra vez el mismo nombre. Sus ojos, abiertos de par en par, con el miedo saltando en picado desde los párpados. Temblaba. Era como si no supiese dónde se encontrase. Seguía llorando el mismo nombre y entonces, se desplomó sobre el suelo. Aquél nombre que pronunciaba la niña era: Takhora.

lunes, 13 de julio de 2009

El tiempo transcurre despacio en la gran sala. Nadie quiere hablar de lo siguiente. El fuego caldea nuestras manos pero nuestras almas continúan inquietas.

Melkor se lía un cigarro y Jasón desliza sus ojos sobre la llama, apoyando su antebrazo derecho sobre la chimenea. A lo lejos se oye agua. Es ella quien decide ir a buscarla. Tantea la pared y se aleja del grupo a través de una de las trece puertas. La oscuridad la cubre y siente grandes deseos de darse la vuelta. Pero no lo hace, continúa hacia delante. Aquél pasillo la conduce hacia una fuente iluminada por frágiles rayos de sol. No podía creer que el sol se colase hasta alli abajo y por un momento, creyó que estaba ante la salida. Pero su fascinación se tornó en incomprensión al comprobar que el techo, que era bajo, estaba perfectamente sellado. Entonces, ¿de dónde venía esa luz?

No podía esperar más tiempo para enseñarle su hallazgo al resto. Pero al volver sobre sus pasos descubrió que el pasillo la llevaba, una vez más, a la fuente. Asombrada, decidió colgar su collar en uno de los salientes de la pared y volvió a caminar por el mismo pasillo. El miedo convirtió sus ojos en un mar de lágrimas al encontrar, de nuevo, su collar y la fuente. Sí, ella había echado a andar hacia una de las trece puertas. Ni siquiera se paró a mirar el número. La había abierto y había entrado en su oscuro pasillo hasta hallar la fuente y a aquellos extraños rayos ¿de sol? Ya no pensaba que fueran eso. Sin pretenderlo, había escogido una de las trece puertas y se había adentrado sola en ella, sin poder jamás regresar a la alcoba, en donde sus compañeros la esperaban.

Jasón y Melkor empezaban a preguntarse dónde se había metido la estúpida que los acompañaba. Pero ninguno lo hacía en voz alta. No se hablaban desde lo ocurrido en el Valle Escondido y casi sabían, a ciencia cierta, que debían escoger diferentes puertas. Estaban convencidos de que jamás volverían a verse y de que la muerte les esperaba al otro lado. Sabían, en su silencio, que nada de lo ocurrido había terminado, así que sólo esperaban sobrevivir para poder ajustar cuentas al final de la aventura. Si es que llegaban.

Jasón escupió en el suelo y echó a andar, con la cabeza baja, en dirección opuesta a donde se fue ella. Esperarla era absurdo. En cuanto volviese, ella les obligaría a permanecer unidos para escapar de aquél sitio. De tal modo que, sin mirar a Melkor, se alejó hasta perderse en las sombras de una de las puertas. La número cinco.

El cigarro de Melkor se consumió despacio. No le preocupaba que ella volviera pronto. Estaba convencido por qué puerta se iría. Cuando acabó, tiró la colilla al suelo y decidido, se encaró con la puerta que le pareció más atractiva. La número trece. Él nunca había tenido miedo de las supersticiones.