
Temprano, como era costumbre, ella salía sola con uno de sus disfraces de sueños. Calzaba las sandalias más finas, aun siendo invierno y siempre llevaba los hombros al descubierto porque, según decía, le permitía expandir sus alas y dejar tierra firme allá dónde los otros caían de rodillas ante sus miedos.
Ella no quería caer y volaba cada vez más alto. Se enfrentaba al frío y a la tempestad, a la desorientación de intentar vislumbrar el mundo a través de las nubes.
Así fue cómo aprendió de los vientos y de las corrientes de aire. Cuándo era bueno abrir las alas y volar y cuándo convenía tapar sus hombros y calzar botas, adormeciendo sus sueños entre los disfraces que esconde en el fondo del armario.
Así fue cómo empezó a escuchar y transmitir el lenguaje de las aves de la misma manera, con la que ellas le habían acariciado y alimentado el corazón y supo de su sabiduría bondadosa y ella quiso también, ser sabia y bondadosa.
Se armó de valor cuando el huracán se descubrió ante sus ojos. Aunque dudosa, entregó sus alas al viento y se enfrentó a su ojo. Pudo marcharse, pero no quería abandonar sus sueños ni seguir encerrándolos en disfraces ocultos en el fondo de un armario. No quería perder nada de lo que aún estaba por conseguir. Sabía que si decía "no" ahora, no habría una segunda oportunidad y si sus alas, su don más preciado, tenían que caer en ese huracán maldito, que así fuera, porque a cambio, su conciencia la dejaría soñar sin culpabilidad.
Ella sólo quería ser libre y útil. Aprender de lo celeste para enseñar a aquéllos que caían de rodillas ante sus miedos, llorando, empequeñeciendo... Ella sólo quería aprender para enseñar el lenguaje de las aves y que su comprensión, acariciara y cuidara los corazones de las personas. Ella quería tener algo más de unas alas y unos cuantos disfraces. Quería no tener que usarlos nunca, porque eso demostraría que el cielo es para todos y que todos, podemos ser sabios y comprender de la bondad del lenguaje de las aves.

